miércoles, 30 de mayo de 2007

Alguien que ignora cómo decir “no puedo”



Mi primera desilusión con el protagonista de esta historia fue en el año 1981, cuando supuestamente sería el profesor del curso Estadística en la Empresa, y el primer día de clase, descubrí a otro docente, el cual felizmente tuvo muy buena didáctica.

La segunda desilusión aconteció a principios del mes de febrero de 1990, por razones de ética, evitaré identificar a las damas que cooperaron conmigo, personal secretarial de ESAN, quienes me ayudaron, en cierta manera, a que me graduara en el mes de Abril del mismo año.

Nuestro grupo de estudio había determinado un buen tema para Tesis, para lo cual debíamos ubicar a un profesor interesado, nuestra primera opción (y a la postre quien nos asesoró), al inicio se hizo de rogar, argumentando que no tenía mucho tiempo.

La segunda opción, era el profesor, y yo fui la encargada de solicitárselo.

El mencionado caballero me atendió muy amablemente, y me agradeció que hayamos pensado en él.

Muy solícito me sugirió que me apure en entregarle la carta de presentación, y me despidió con dos besos, uno en cada mejilla.

Muy contenta se lo comenté a mis compañeros de grupo, luego fui donde una secretaria de la escuela para solicitarle me ayude a preparar la carta.

Cuando le comenté a dicha secretaria el nombre de nuestro futuro “asesor”, ella se sorprendió y me comentó que sabía que dicho personaje viajaría pronto al extranjero, y no regresaría al menos en seis meses.

Para confirmarlo, tuvo la gentileza de llamar a un par de damas de diferentes áreas para comprobarlo, y ambas ratificaron que viajaría en unos días y regresaría en el mes de agosto, ¡luego de más de seis meses¡

Si el “asesor” no estaría en el país, sería imposible graduarnos en el mes de Abril.

Al compartir esta información con mis compañeros de grupo, ellos decidieron ir personalmente a confrontarlo, ¿cómo él aseguró algo que no podría hacer?, pero yo se los impedí, porque la valiosa información y ayuda de las tres damas quedaría al descubierto, y las podría perjudicar.

En medio de la congoja, encontramos en el camino a la primera alternativa, quien nos increpó que estaba esperando la carta para ser nuestro asesor, y la sangre nos volvió al corazón.

Pero es la segunda parte de la historia la que considero más importante.

Mis compañeros insistieron que yo debía ir a la oficina del profesor para informarle que ya teníamos un asesor. Yo no quería volver a ese lugar, debido a que era un hecho que él no hubiera podido serlo, pero por la insistencia de mis colegas, fui.

Al volver a la oficina del profesor, para agradecerle el interés por cooperar con nosotros y comunicarle que teníamos a otro profesor como asesor, el profesor insistió que él también quería formar parte del proyecto, que lo consideraba muy interesante, y que estaría muy gustoso que nosotros lo visitáramos al menos dos veces por semana, para revisarlo, (lo que hasta ahora no comprendo, es para qué dicho profesor insistía en su colaboración, si él sabía que estaría ausente del país durante los siguientes seis meses).

Me mantuve callada, le volví a agradecer, me despedí, volví a recibir un par de besos, uno en cada mejilla y me retiré de esa oficina.

Con este testimonio deseo agradecer a las tres damas, cuyos nombres guardo en mi corazón, porque me ayudaron a descubrir que dicho profesor ignora cómo decir “no puedo”.



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